Fieles parroquianos

Fieles parroquianos 1

A las espaldas de la Iglesia de San Juan. Donde se cruzan la Calle Alborán con Pedro Jover. Me gustan los bares que hacen esquina. Dos fachadas, dos aproximaciones del mundo. El Siena era un bar como cualquier otro y como cualquier otro, único. Abierto a la calle a través de unos grandes ventanales. Creaba un segundo anfiteatro en la calle con clientes sobre la acera y repisas colmadas de vasos de tubo. Un bar de barrio donde tenía la condición de forastero cualquiera que proviniera de más allá del arquillo de Braulio Moreno. Fieles parroquianos, plancha a todo trapo y una barra metálica que no absorbía ni la espuma de cerveza ni los problemas cotidianos. Aire marinero. Mucho arte para el hijoputismo. Mucho paquete de Winston en los bolsillos de las camisas. El suelo, una alfombra de servilletas salpicado de huesos de aceituna y chapas dobladas. El ABC del tapeo almeriense. Ni cebolla caramelizada ni queso de cabra. Como esos champiñones te diría que ningunos. La receta de ese majao seguirá siendo secreto de sumario.

Fieles parroquianos 2
Chorizo roll, olives and a Mahou beer

No teníamos Canal Plus en casa y al Bar Siena íbamos los domingos a ver el partido de las nueve. Para mí, Carlos Martínez y Michael Robinson de alguna forma siguen narrando encuentros en esas paredes. Todavía no entendía cómo iba esto del fútbol pero comprendí rápido que el bar era muy diferente si en la TV de la esquina había unos tipos pateando una pelota. Con fútbol, todo era más intenso. Se acortaba la distancia entre las mesas y te costaba escuchar al de al lado. Las sillas giradas hacia un mismo punto, la gente de pie. Todo el que pasaba por la calle asomaba la cabeza mientras pronunciaba un “¿cómo van?”. Raro era que no se uniera a la tertulia. Hablando con el de aquí. Chinchando al de allá. Entendí allí que el fútbol favorecía la comunión entre desconocidos y las reacciones desproporcionadas. El mobiliario del bar soportaba a duras penas la celebración de un gol o un penalty no señalado. El Siena, en día de partido, no era el mismo. Todo sabía mejor. Mucho mejor.

El bar de la Ciudad Deportiva de Los Ángeles, que las tapas de toda la vida siguen funcionando. Una victoria, junto a los tuyos, sabe mejor. Mucho mejor

Fieles Parroquianos

Vas creciendo y acabas abandonando sin darte cuenta las antiguas costumbres. Dejas a tu padre gritándole a la tele cabreado porque el “CaraPapa” siempre hace tarde los cambios. Aunque ahora ves el fútbol con tus amigos, permanecen presentes esas lecciones que te dejó: Cuando queda poco tiempo hay que colgar balones y si el bueno del contrario se da la vuelta, patada al canto. Y al nivel de Maradona, solo cuando se le antojaba al Mágico. Cambias la Fanta de naranja por la cerveza y empiezas a cogerle el punto a lo amargo. Hasta de las derrotas disfruté con mis amigos en el Bar San Juan. Esa carne al Roquefort o ese Espeluznao. El día que empezó a utilizarse la expresión tapa de cortesía en nuestra ciudad comenzó a joderse todo. Recuerdo con ternura la paciencia infinita de Manolo que comenzaba la limpieza sin dejar de servirnos bebida. El análisis post-partido duraba hasta las tantas. Siempre los del Sanedrín, la última mesa. Sabíamos que los chupitos de Zoco cortesía de la casa sonaban como el triple silbido del árbitro.
Hoy en día me he aburguesado. Tenemos en casa todo el fútbol y disfruto de verlo tranquilo y fijarme en los detalles. No sé si es a lo que te empuja el Estado del Bienestar o simplemente, el proceso natural de cumplir años. Pero ver al Poli y pedirme un tercio en el descanso me hace sentir que nada ha cambiado. Amigos, fútbol y cerveza. Con tapa, claro. El Poli se parece a ese bullicioso bar de barrio donde nadie tiene sitio asignado y todo se entremezcla. Cada dos domingos concentra a fieles parroquianos que disfrutan del sabor de lo auténtico. El fútbol es solo un contexto, un escenario. El otro día, Manolo y Alicia que se abonaron el año pasado, nos decían “Nos vemos el domingo en la PoliBarra”. Qué rápido se coge la esencia de esto. Y eso que no han conocido las tapas de Juanan en el Estadio de la Juventud. El fútbol modesto tiene esa sencillez que me gusta tanto. El Poli te recuerda que hasta el final nada está ganado. El bar de la Ciudad Deportiva de Los Ángeles, que las tapas de toda la vida siguen funcionando. Una victoria, junto a los tuyos, sabe mejor. Mucho mejor.

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